Carolina Wolleter P, 32 años.
Mamá de Augusta (3 años) y Dominga (2 años).

Cuando fui mamá pude darme cuenta que para mí como mujer era realmente importante el Sueño y el descanso para poder funcionar bien al día siguiente y dar lo mejor de mí a mis niñitas. Aprendí que todo es un proceso, que cada niñ@ tiene su ritmo y que nosotros como Papás, desde la base del acompañamiento, hay ciertas cosas en las que podemos ayudarlos para que puedan sentirse seguros y contenidos a la hora de dormir. 

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Los primeros meses de mi maternidad con mi primera hija fueron bastante complicados. Yo estaba muy cansada y todo esto me llevó a tener una depresión post parto, que hoy recuerdo con gratitud, pero que en ese minuto me costó aceptarla y afrontarla. Debido a esa depresión logré entender que, así como la falta de sueño tiene consecuencias en nuestras guaguas, en mí también las tuvo.

Mi depresión se desencadenó justamente por eso: mi falta de sueño, mi mal dormir, el no poder estar al 100% para mi guagua, sentía mucha culpa, culpa y más culpa. Sin mencionar todas las complicaciones iniciales que tuve con la lactancia que se sumaban a esta culpa por sentir “que no podía cumplir con lo único que necesitaba mi Augusta en ese momento”. El sentir que nunca más iba a poder dormir bien de nuevo y que al estar tan cansada no tenía fuerzas para hacer dormir a la Agu tampoco. Intentaba contestar la pregunta “¿cuándo va a terminar esto?” o “¿mi vida va a ser siempre así?” y no encontraba respuesta, era muy frustrante.

Ese sentimiento de sentir que "el resto de tu vida va a ser así de cansada sin poder dar lo mejor de ti a tu hija" es demasiado fuerte. Entendí que es una etapa (como todo), que el tiempo ayuda a sanar y que uno no está sola. Así como yo tuve mi linda depresión que ahora recuerdo como un periodo de mucho aprendizaje, muchas otras mamás también pueden haber pasado (o están pasando) por lo mismo, pero se disimula entre el agotamiento normal de tener un recién nacido y la exigencia que la sociedad muchas veces (e incluso nosotras mismas) nos imponemos.

Finalmente acepté que no estaba bien, pedí ayuda, y todo comenzó a tomar sentido de nuevo. Comencé a conocer a “esta nueva Carolina como Mamá”, comencé a liberarme de las culpas poco a poco (muchas autoimpuestas por querer cumplir con los estándares que nuestra sociedad determina). Entendí la importancia de conocer los tiempos de la Augusta, de conocerla a ella y a mí juntas como Mamá e hija.

Tomé una asesoría de sueño que me abrió un nuevo mundo. Me hizo entender el proceso evolutivo del sueño y así mismo me dio las herramientas para poder hacer pequeñas cosas y cambios que nos ayudó a toda la familia a dormir mucho mejor. Gracias a esto, comencé a reconciliarme con la maternidad porque entendí que a medida que uno como mujer, mamá, amiga, esté bien, nuestros hij@s van a estar bien.

Gracias a todo lo que me tocó vivir, pude crear una muy buena base de sueño para generar buenos hábitos en mis niñitas. Tanto la Domi como la Agu aman su cuna, se sienten muy seguras con su pieza y su entorno, les gusta dormir, se duermen tranquilas, sin alegar ni llorar y logran descansar las horas que su cuerpo les pide.

Todo esto me hizo llegar a lo que soy hoy y poder disfrutar día a día de mi maternidad. Así también, fue mi hincapié inicial para querer certificarme en el camino del Sueño Infantil y poder ayudar a otros Papás que puedan pasar por periodos difíciles y les haga sentido validar la importancia del sueño en sus hijos.

¿Qué es para mí

el Sueño Infantil?

En términos prácticos, el sueño es una necesidad básica, así como comer, sociabilizar, estar en contacto piel con piel. Para poder conciliar el sueño necesitamos sentirnos seguros de que mientras estemos dormidos nada malo nos va a pasar. Uno de los principales instintos de supervivencia con el que todos nacemos es el instinto de sentirse seguro.

Y este principio aplica tanto para los primeros años de vida como también para cuando ya somos adultos. Si estamos en una casa que no conocemos, no conocemos el lugar si es seguro o no, no sabemos si puede entrar un desconocido a la casa, a la pieza, es probable que no podamos conciliar bien el sueño esa noche o durmamos “a saltos”. Lo mismo pasa con nuestras guaguas cuando son chiquititas y así mismo con nuestros niños entre los 2 a 6 años (hasta los 9 años también). Necesitan sentirse seguros para poder dormirse tranquilos en su lugar de descanso, tener un sueño más reparador, de calidad, sin despertares innecesarios durante la noche (dependiendo la edad). Y a esto se le suma el proceso madurativo y evolutivo natural del sueño que ocurre principalmente durante el primer año de vida en donde nuestros niños necesitan sentirse aún más seguros a través de la contención emocional que le entregan sus figuras de apego.

Si bien desde mis estudios y la ciencia entiendo que el sueño tiene su propio desarrollo natural y evolutivo, también estoy cada día más convencida, que como Papás podemos ir haciendo pequeñas cosas, de manera respetuosa hacia nuestros hijos, que los ayudarán a no tener que esperar 5 o 6 años para poder tener un buen dormir y gozar de todos los beneficios que “un buen descanso” les entrega a nuestros niños.

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